QUIEN A RIOJA VINO…

TODO EL MUNDO DEL VINO DE RIOJA A UN SOLO CLIC

EL PODER DE LA ETIQUETA A LA HORA DE PEDIR UN RIOJA, ¿SERÁ VERDAD?

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Siete aficionados al Rioja, siete botellas de vino y un reto: averiguar, de una vez por todas, si el poder de una etiqueta influye en la percepción del vino y en los gustos de la gente. ¿Elegimos por la marca?, ¿seguimos lo que dicta la moda?, ¿tenemos capacidad de diferenciar un vino bueno de otro malo sin influencias externas? Tranquilos los asustadizos… además del tinto, en previsión de posibles descalabros, un par de platos de jamón y algo de queso se unían a la selección de tintos de maceración carbónica para compensar los esfuerzos. Dos horas después de iniciar el desafío el resultado final desveló muchas dudas.

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El perfil de la cata era, en principio, bueno. La muchachada –ya no tan muchachos…- frisaba los 50, todos ellos con años de brega en la logroñesa calle Laurel y aledaños. Media docena de devotos al mundo del vino iniciados por rondas de clarete en los ’80  y, ahora, decantados hacia el tinto. La única mujer, buena conocedora de los secretos del blanco; otro, perdido para la causa, inclinado a la cerveza aunque con un poso de aquél que fue. Los cuatro restantes fieles seguidores de la religión que dicta el tinto.

La polémica surgió precisamente “echando unos vasos” los pasados sanmateos por la calle San Juan, al oír pedir a una cuadrilla de chicas “tres verdejos y un Ramón Bilbao”. Lo del crianza jarrero de moda no levantó ninguna suspicacia, pero lo de los verdejo fue como una puñalada en el pecho para alguno de nosotros: “¿Será posible?, no saben ni lo que piden”, apuntó un veterano chiquitero que ejercía su noble labor junto a nosotros. Y ahí se lio, fue ahí donde todos sacamos al enópata que llevamos dentro; ¿la gente sabe lo que quiere o pide una marca sin conocimiento?, ¿qué es eso de pedir una variedad sin más? Un par de preguntas que, de momento, no tenían respuesta…

Dos días después -que así se desarrollaron estos vitivinícolas acontecimientos y así los narro-, la cuadrilla de amigos nos encontrábamos delante de siete muestras de algunos de los mejores cosecheros de la DOCa. Vinos de San Vicente, Laguardia, Samaniego, Ábalos y Baños de Ebro, todos ellos de nivel -con precios que iban desde los 4 hasta los 12 euros-. El objetivo, el descrito: saber hasta qué punto es cierto si pedimos dirigidos por el marketing y por el valor de una etiqueta.

Las normas eran sencillas. Con un vino de entrada para hacer boca, seguidamente cataríamos una copa de cada uno con el sello tapado puntuándolo de 0 a 10; descanso de un cuarto de hora para que lo sólido compensara lo líquido, y nueva cata con las botellas desnudas. Las fichas de cata  también francas: una primera impresión y, con un mínimo reposo, nota definitiva. La media de ambas marcaría la puntuación de cada vino.

No vale la pena extenderse en este breve guion porque los números -al final del artículo- lo dicen todo. Mi opinión es clara: para gente con un mínimo conocimiento la etiqueta influye ligeramente; es un aficionado que sabe lo que quiere y lo pide. Para el común que únicamente toma vino los fines de semana cuando sale a disfrutar con los amigos -o incluso en familia-, la etiqueta es decisiva. En ocasiones pide lo que está de moda, en otras simplemente se deja llevar decantándose por un crianza genérico. Ojo, cualquiera de las dos posturas resulta igual de válida mientras beba vino de Rioja, pero sí queda claro que la imagen de marca resulta fundamental en un alto porcentaje del consumidor final.

 

LOS VINOS

  • A MI MANERA (San Vicente de la Sonsierra): un capricho de Benjamín Romeo que para esta añada sumaba al habitual tempranillo un pequeño aporte de graciano. 12,90 euros.
  • ARTADI (Laguardia): primer año en el que Artadi vuela libre. Aun así ha sido durante años un clásico de los cosecheros de Rioja y quería que estuviera presente. 9,50 euros.
  • BAIGORRI (Samaniego): parte elaborado por maceración carbónica y parte con granos despalillados. Fácil y fresco de beber. 7,25 euros.
  • ERRE PUNTO (Samaniego): un cosechero a precio de reserva. La aristocracia de los carbónicos que debía estar aquí para marcar diferencias. 12,80 euros.
  • LUBERRI (Baños de Ebro): un tinto que marcó un hito hace unos años al revolucionar el concepto del carbónico y generalizarse en las barras de los bares. 5,95 euros.
  • MUÑARRATE (Ábalos): el vino más habitual en el chiquiteo de las barras riojanas. Carbónico en estado puro, fresco y chispeante. 4,25 euros.
  • VALDELOYO (San Vicente de la Sonsierra): desconocido para muchos, habitual en San Vicente al ganar el concurso como vino institucional del Ayuntamiento. 5,50 euros.

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CATA CIEGA                                                         CATA CON ETIQUETA

           VALDELOYO       8,6                                                 ERRE PUNTO (4ª)             8,5

           A MI MANERA    8,2                                                  VALDELOYO (1º)              8,3

           LUBERRRI           8                                                    A MI MANERA (2º)           8,1

           ERRE PUNTO      7,8                                                  ARTADI (5º)                       7,5

           ARTADI                7,5                                                  LUBERRI (3º)                     7,3

           MUÑARRATE     7,2                                                    MUÑARRATE (6º)            6,7

           BAIGORRI           6,8                                                  BAIGORRI (7º)                  6,5

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