QUIEN A RIOJA VINO…

TODO EL MUNDO DEL RIOJA A UN SOLO CLIC

RIOJA, BURDEOS Y ARMAGNAC

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Rioja, Burdeos y Armagnac. Amén.

Para cualquier aficionado al mundo del vino Rioja y Burdeos significan lo más de lo más, denominaciones míticas ante las que sólo cabe agachar la cabeza y santiguarse. Si cerramos el trío con otra leyenda de la viña como es Armagnac, puede que las lágrimas se le salten al buen aficionado.

Asociar únicamente el enoturismo a la visita a la bodega en tiempo de vendimia es un error. El otoño es una estación que viste de gala los viñedos con espectaculares colores ocres, aúreos y granates, todo un placer para los sentidos que se disfruta con mayor tranquilidad en la soledad otoñal ajena al ajetreo de septiembre.

Partiendo desde la capital de La Rioja, Logroño, nuestro objetivo será la histórica ciudad de Burdeos y los famosos viñedos de Saint Emilion. Dejándonos llevar recorreremos el a veces ignorado Perigord para visitar dos pueblos de ensueño –Sarlat la Canéda y Rocamadour- y, pasando por Cahors y Toulouse, llegar al sonoro Condom, corazón del armagnac. Cerrando este círculo vitivinícola volveremos a La Rioja para visitar Haro y su simpar Barrio de la Estación. No se me ocurre mejor fin de fiesta en esta ruta con hondo sabor a roble.

Con el cuentakilómetros a 0, la capital riojana cuenta con bodegas como Franco Españolas, Darien, Olarra, Viña Ijalba o Marqués de Vargas, pero la visita –http://www.lariojaturismo.com– a Marqués de Murrieta y Campo Viejo resulta imprescindible para comprender el ayer, el hoy y el futuro del vino de Rioja. La primera es una auténtica histórica de la denominación con vino de verdadero relumbrón, y la segunda acaba de inaugurar –en 2001, pero hablando de vino 10 años no dejan de ser un suspiro- una bodega simplemente impresionante con capacidad para 70.000 barricas.

Como nos habremos quedado con ganas de “tomar un vaso”, y Logroño está a apenas 5 minutos, dejaremos la calle Laurel para los turistas “de guía” e iremos a la cercana calle San Juan; allí, entre logroñeses, podemos picotear algo en dos bares que ofrecen una variadísima oferta de tintos de la tierra. Es la mejor manera de ver cómo la teoría se lleva a la práctica en una ciudad en la que cuando se habla de vino, la gente se pone seria: ya en 1632 los propietarios de las bodegas del centro de la ciudad pidieron al Ayuntamiento prohibir la circulación de carruajes para favorecer la calidad de los vinos preservando la quietud de los calados. Como para andarse con bromas… Viníssimo y Tastavín son nombres que no conviene olvidar.

 

Nos vamos a Francia

Tras el café, carretera y manta. Dejando atrás Pamplona, San Sebastián y el País Vasco Francés llegaremos de noche a Burdeos, en plena Aquitania; nuestro cuentakilómetros marca 410. En la que se conoce como  la capital mundial de los vinos, conviene dirigirse a la Maison du Vin, donde concertarán cita para visitar la bodega que deseemos. Hay más de 5.000 chateux donde se producen los vinos de la AOC –el equivalente a nuestra denominación de origen- repartidos en 57 zonas  –Médoc, Saint Emilion, Margaux, Pauillac…-. Aquí se producen tintos como el Petrus o el Château Lafite-Rothschild, que en una reciente subasta en Sotheby’s alcanzó en una botella de la cosecha de 1869, la etiqueta de “vino más caro del mundo”. ¿Su precio? 166.210 euros.

Nosotros nos conformaremos con algo menos. Visitaremos alguna vinoteca de la exquisita Galerie des Grands Hommes y daremos un paseo por otro mercado, el Des Capucins, y la Place Gambetta, el corazón de la ciudad con sus sobrios y elegantes edificios del XVIII. El café de hoy podemos tomarlo en el espléndido Hotel Burdigala –por aquello de que comer en su restaurante podría arruinar nuestro presupuesto por un par de días- dando por cerrado Burdeos con un vistazo al Puerto de la Luna junto al río Garona, Patrimonio de la Humanidad desde 2007. Nos espera Saint-Emilion y sus renombrados Premiers Grands Crus Classes; los caldos alcanzan en esta pequeña localidad rodeada de viñedos la categoría de arte. Conviene pasear tranquilamente por sus empinadas calles y dejar pasar la tarde visitando sus lujosas vinotecas, más de una parece un museo del vino. Haremos noche aquí para descansar, nuestros siguientes destinos “arrinconarán” –aunque sólo sea por un día- el vino en segundo plano.

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La ruta nos llevará, pasando por Perigueux y Brive-la Gaillarde -Périgord blanco-, hasta dos pequeñas joyas que nos dejarán boquiabiertos: Sarlat y Rocamadour, en pleno Périgord negro. La primera, y ya es mucho decir, ofrece al visitante la mayor concentración de fachadas medievales del s. XVII de toda Francia, un museo al aire libre, una verdadera filigrana medieval. Y un poco más allá la etérea Rocamadour, que parece flotar sobre las nubes colgada de las rocas. Aunque sea el descubrimiento del cuerpo incorrupto de san Amador en 1166 el hecho que la convirtió en lugar de peregrinación y culto, es la extraordinaria localización su mayor atributo. Llevamos 744 kilómetros recorridos y nuestro próximo objetivo es Toulouse.

Ya acostumbrados a los constantes peajes –son multitud, hasta 17 en toda la excursión—, la ciudad donde se construyó el Concorde y ahora centra sus esfuerzos en el Airbus, está a apenas 200 kilómetros, por lo que una breve parada en Cahors para disfrutar del Pont Valentré es casi obligada; este puente sobre el Lot con sus tres imponentes torres y seis arcos el una obra maestra de la ingeniería militar de la Edad Media.

Ya de noche llegaremos a Toulouse. Vale la pena madrugar y desayunar en el Grand Café Le Florida de la elegante Place du Capitole para tener tiempo de ver, con la tranquilidad que se merecen, las dos joyas de la “ciudad del espacio”: la basílica de St-Sernin, la iglesia románica más grande de Europa, y la iglesia de Les Jacobins, con su imponente palmera de 22 ramas que constituye la bóveda del ábside. Al tomar la carretera que nos llevará al corazón del armagnac, nos sorprenderá el Canal du Midi y sus barcos-vivienda.

La Gascuña y sus mosqueteros

Estamos cerca de Auch, la capital histórica del condado de Gascuña y cuna en la mente de Alejandro Dumas del mosquetero D’Artagnan. Imprescindible la visita a la ciudad vieja y a su majestuosa catedral de Saint-Marie, parece increíble que una pequeña ciudad de provincias pueda disfrutar de una joya de tal calibre. El coro valdría por sí mismo la visita, pero sus 18 vidrieras del XVI, sublimes, excelsas, son de tal valor que hacen que el tiempo se detenga perdiéndote en los vivísimos colores de las más de 360 figuras bíblicas que las componen. Ponerlas a la altura de las famosas vidrieras de Chartres no me parece una imprudencia, ¿cabe mayor alabanza?

Es momento de cerrar la boca –o que alguien cercano nos la cierre y nos recuerde que las bodegas de Condom nos esperan-, y proseguir ruta. Los 46 kilómetros que nos separan de la más que sonora Condom los hacemos por preciosas carreteras secundarias rodeados de los viñedos que dan origen al más antiguo de los destilados, el conocido como “Eau de vie de grappes”. En el Museo del Armagnac nos “empaparemos” de todo el proceso de su elaboración: desde el prensado de la uva, su destilación y envejecimiento, hasta sus diferencias con el cognac. Resumiendo… calidad de las uvas aparte, es la destilación la que marca distancias. Mientras en el armagnac se hace en alambique vertical, el cognac lo hace en alambique de olla. Y otro dato: en Europa únicamente hay cuatro brandies con denominación de origen, Armagnac, Cognac, Jerez y Calvados, este último de manzana.

Al salir del Museo una visita a una de las bodegas la localidad nos aclarará las pocas dudas que tengamos. Como haremos noche el pueblo, no me atrevo a repetir el nombre de nuevo, podremos probar una copita –o dos- del licor allí donde se hace y mejor sabe, en un calado. Rico, rico de verdad. Son ya 1.098 los kilómetros que llevamos a cuestas, pero han pasado en un suspiro.

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Es hora de volver

La vuelta se hace sin demasiada ilusión, sólo la perspectiva de cerrar el círculo de nuevo en La Rioja visitando Haro hace que la marcha no se convierta en un calvario pensando en la “vuelta al cole”. A medio camino, luego de ver a lo lejos Pau y Rotes, nos detendremos en Bayona, en plenos Pirineos Atlánticos, para visitar la catedral gótica, vale la pena. Lo mismo que comer en Le Bayonnais, un auténtico placer. La frontera queda a 22 kilómetros y de allí a la capital jarrera, apenas 200. Con 1.625 kilómetros en el marcador de nuestro fiel Meriva, y ya en Haro, todavía nos dará tiempo de chiquitear por La Herradura pinchando en las espectaculares barras de esta singular zona; viendo a las cuadrillas emprender el lento camino a casa decidimos seguir su ejemplo con dirección al hotel.

Para la última mañana de nuestra ruta dejamos la visita al Barrio de la Estación, el paseo por esta verdadera “milla de oro vitivinícola” resulta embriagadora: Rioja Alta, CVNE, Muga, López de Heredia, Roda, Gómez-Cruzado, Bilbaínas… un auténtico museo abierto al público. Puesto a elegir una, sólo una entre semejantes maravillas, optamos por López de Heredia. El cementerio de esta centenaria bodega nos transporta a otra época; todo aquí es historia, los olores, la luz, la piedra… No hay palabras, aquí ves, oyes y callas. Y si tienes suerte, bebes. La visita al Museo Vivanco del cercano Briones y la comida en su restaurante viendo los viñedos de la familia será el colofón perfecto a nuestra excursión, palabras mayores. ¿Quién dijo que la vida no es bella?

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