QUIEN A RIOJA VINO…

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LAS GARNACHAS DEL NAJERILLA

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Dejar hablar a los mayores y escuchar atento lo que dicen me parece una manera estupenda para aprender de vino: “Si sabemos mantener las parcelas viejas de garnacha del Najerilla, esas joyas que tenemos la suerte de poder disfrutar, tendremos una tremenda herramienta enológica para hacer tintos de enorme calidad. Pero cuidado con no saber valorarlas, porque son uvas escasas, de ésas que sin duda valen más de lo que cuestan”. Amén, digo yo.

Así hablaba un veterano bodeguero de la zona después de la cata de vinos internacionales que cerró la segunda edición de Las Garnachas del Najerilla. Y por la seriedad con la que me lo dijo, no creo que bromeara. Una variedad vista en toda su dimensión y profundidad en estos dos intensos días. Una casta perfectamente adaptada a un territorio, el valle del Najerilla, que se ha visto sin duda favorecido por dos factores capitales para entender el momento de gloria que viven estas garnachas.

Por un lado la férrea voluntad y la tenacidad de algunos agricultores que se negaron a arrancar sus fanegas plantadas “al cuadro” en la desenfrenada década de los 70, donde el tempranillo arrasó con todo. Valga un dato: es en Cárdenas y Badarán donde existe la mayor concentración de viñedos viejos de garnacha de La Rioja. Y por otro lado las bondades traídas por el cambio climático, que ha hecho que estos viñedos se hayan convertido en verdaderas joyas vitivinícolas.

Una zona fría esta del Najerilla. Una región límite que agradece como pocas  los rigores -en este caso bendiciones- del nuevo sistema climático que querámoslo o no, ya está aquí. Una verdad de una simpleza tautológica a la que todos nos debemos adaptar. Los castigados “vinos periféricos” como se llamaban a los que nacían en el valle del Najerilla, con poco grado y escaso cuerpo, se han convertido en caldos demandados y tenidos como de gran categoría.  Esta uva relegada al papel de actor de reparto durante décadas está protagonizando la base de alguno de los mejores vinos de la década, y esto es algo de lo que grandes bodegas de Haro como Muga o Gómez Cruzado han tomando nota.

Siempre que se habla de la garnacha se alaba su rusticidad, pero en general cuando nos referimos a las grandes garnachas lo hacemos de una variedad bastante más cara y difícil de trabajar que un cabernet o un tempranillo. Una variedad, en palabras de Fernando Martínez de Toda, “injustamente tratada se mire como se mire”.

Una uva de la que desde 1990 se han arrancado más de 100.000 hectáreas en nuestro país. “Se han perdido multitud de viñedos históricos, patrimonio  de enorme valor, pero hoy se están elaborando mejores garnachas que nunca, ésta es la gran paradoja de esta casta”, comenta la periodista Amaya Cervera.

Actualmente el 76,8 por ciento de nuestro viñedo es tempranillo y únicamente el 7,8 es garnacha. “En los años 80 había más garnacha que tempranillo en Rioja”, afirma Álvaro Palacios, “estamos aquí para defender las buenas tierras y el criterio de nuestro mayores que tenían perfectamente adaptadas las variedades a cada zona geográfica; la garnacha es en el Najerilla el eslabón que une entorno geográfico, cultura histórica y placer en la copa. Cada uno debe estar en su lugar”.

De las palabras se pasó a los hechos con una magnífica cata de “Garnachas en el Mundo” dirigida por Amaya Cervera. Fueron doce vinos de “garnacho viejo” que demostraron la enorme capacidad de adaptación de esta variedad. Espumosos, blancos, rosados, tintos y licores que nos llevaron desde Rioja hasta Cerdeña, pasando por el Ródano, Gredos, Cariñena, Navarra y Tarragona.

Vinos que iban desde los 5 euros hasta los 400. Basilio Izquierdo trajo un espumoso blanc de noirs de 2010, el Garnacho Viejo de la Familia Acha, Javier Navascués su Mas de Mancuso, el fabuloso Domaine de la Janasse Chaupin, Alvaro Palacios el celebrado Quiñón de Valmira… Juzguen ustedes mismos si las miradas de complicidad que intercambiábamos los periodistas invitados a la cata no estaban justificadas. Al fin y al cabo, somos humanos.

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Cuando llegó el tinto de Alfaro se hizo el silencio: los pulsos se aceleraron y los sentidos entraron en alerta. No fue para tanto, y es que como comentó el bodeguero, “todo lleva su tiempo, hay que dejar esta cosecha de Quiñón -una muestra de bodega- crecer para que transmita toda la emoción que lleva dentro”. Me rindo a las buenas garnachas que crecen en su territorio, esas garnachas que transmiten con fidelidad el paisaje de donde nacen. “El perfecto orden del Viejo Mundo en contraposición con el ligero desorden del Nuevo” apuntaba Basilio Izquierdo lleno de razón.

Termino mi vino con Juan Carlos Sancha charlando en la cata popular del frontón de Baños de Río Tobía, uno de los bodegueros que más han hecho por colocar a la garnacha del Najerilla en el lugar que le corresponde. Un hombre que busca la máxima expresividad varietal en sus vinos y la afinidad de la cepa con el entorno. Su Cerro La Isa es toda una promesa de grandeza.

Me despide Juan Carlos con una sonrisa y una pregunta, ¿hasta dónde puede llegar la garnacha? Yo lo intuyo, pero estoy convencido que él lo sabe. Démosle a esta variedad tan nuestra una oportunidad, la tiene más que merecida.

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